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By George Hebbert

George Herbert – Antología Poética

 

«Leer a Herbert nos recuerda que la gran poesía es, ahora y siempre, la más alta forma de atención al mundo.» Andreu Jaume

«”Amor III” es el poema más hermoso del mundo. Lo he aprendido de memoria y a menudo, en el momento culminante de las violentas crisis de dolor de cabeza, me he dedicado a recitarlo poniendo en él toda mi atención y abriendo mi alma a la ternura que encierra. Creía repetirlo solamente como se repite un hermoso poema, pero, sin que yo lo supiera, esa recitación tenía la virtud de una oración.»  SIMONE WEIL

«La exquisita variedad formal de sus poemas son un ejemplo de inventiva inagotable, sin paralelo en la poesía inglesa.» T. S. ELIOT

«Hallo más consuelo en el devoto George Herbert que en toda la poesía desde los poemas de Milton.» S. T. COLERIDGE

 

 

Descripción del producto

Antología bilingüe, traducida, anotada y prologada por Misael Ruiz Albarracín y Santiago Sanz. Es, la primera edición de Herbert en castellano, que recoge los poemas que, a juicio de los antólogos, establecen un diálogo estrecho con la tradición poética contemporánea. Los poemas son, más que testimonio, confesión íntima, confidencia sentida, y si su acento nos toca hondo es porque propenden a la emoción. Hablan al corazón sin desdeñar el pensamiento, pero no son en absoluto sentimentales; no podrían serlo, teniendo como tienen su origen en una morosa meditación sobre Dios, la vida y la muerte.

George Herbert (1593-1633) es un poeta de los llamados en inglés «devocionales». Cierto que hay otros en el período en que él escribe, pero su tono, reverencial en ocasiones, es tan profundamente intimista que, más allá de toda loa divina, lo que revela es un drama personal que sólo es suyo. Suyo y de nadie más es su acercamiento agónico a Cristo, pero su poesía nos hace partícipes, cómplices, de su lucha. Sus poemas son, más que testimonio, confesión íntima, confidencia sentida, y si su acento nos toca hondo es porque propenden a la emoción. Hablan al corazón sin desdeñar el pensamiento, pero no son en absoluto sentimentales; no podrían serlo, teniendo como tienen su origen en una morosa meditación sobre Dios, la vida y la muerte.

Herbert involucra al lector, lo compromete, no sólo por la belleza de sus imágenes y metáforas, o por la estrecha armonía entre sentido, forma e imagen, sino sobre todo por la sinceridad que informa su poesía y, en última instancia, porque la suya es poesía amorosa de primer orden. Que sea Dios el objeto de sus desvelos no invalida este último extremo; antes bien, lo realza a ojos del poeta. Sinceridad, esa cualidad tan elusiva como intuitivamente perceptible, y amor son, acaso, el tuétano de la poesía de Herbert.

Se suele incluir a Herbert en la nómina de los llamados poetas metafísicos y, sin embargo, no hay quizá ninguno tan «físico» como él. La mirada de Herbert sobre las cosas no es en absoluto intelectual. Su poesía es la menos intelectiva de un siglo, el XVII, rendido a los encantos de la especulación. Herbert observa las cosas, los enseres domésticos, la naturaleza, con una delicadeza asombrosa, pero no para sublimarlos en conceptos. Ahí radica el secreto de su aparente sencillez. Aparente, pero engañosa, pues siempre hay en sus versos más de lo que enuncian. La rosa, sin dejar de serlo, queda trascendida. Los poemas de Herbert son difíciles, enigmáticos incluso, porque van más allá de lo que muestran en su superficie. Desentrañarlos puede resultar una tarea apasionante para el lector y que poco o nada tiene que ver con la erudición.

Los poemas de George Herbert  son el testimonio de alguien que ha vivido su vida poética sin concesiones al engaño y al lugar común, soslayando el artificio de quien confunde lo que siente con lo que desea sentir, lo genuino con lo falso, algo especialmente difícil de evitar en el terreno de la poesía religiosa.

Es una poesía compacta, concisa y densa que no revela sus secretos tras una primera lectura. Pero su sencillez no es meramente verbal, sino un modo trabajado de ser, una depuración espiritual que constituye el núcleo fundamental de unos poemas que han hecho de su obra una presencia constante en la conciencia poética colectiva de los lectores ingleses. La presente edición, la primera de Herbert en español, recoge aquellos poemas que, a juicio de los antólogos, establecen un diálogo más estrecho con la tradición poética contemporánea.

Información adicional

Peso 1 kg
Selección, traducción y notas

Misael Ruiz Albarracín y Santiago
Sanz Catalina

Páginas

156

Prólogo

Misael Ruiz Albarracín

Notas

Santiago Sanz Catalina

ISBN

978-84-942808-0-1

IBIC

DCF

Depósito legal

B.9979-2014

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About The Author

Author

George Herbert (1593-1633) pertenecía a una de las familias más influyentes de la Inglaterra isabelina y jacobea. Tras estudiar en el Trinity College, fue nombrado orador de la universidad de Cambridge en 1620. Mantuvo una estrecha relación con los mayores intelectuales de su época, como John Donne, Francis Bacon y el obispo Lancelot Andrewes, principal traductor de la King James Bible (1611). A la edad de treinta y siete años se retira a la pequeña parroquia de Bemerton donde, alejado del gran mundo y rodeado de campesinos iletrados, escribe durante los pocos años que le quedan de vida la mayor parte de su obra. En el momento de su muerte enviará el manuscrito con sus poemas a Nicholas Ferrar, fundador de la comunidad de Little Gidding, para que, si «podían ser de ayuda a algún alma afligida, los hiciera públicos y, si no, los quemara».